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martes, 10 de noviembre de 2015

Editorial de Eduardo Aliverti en Página 12

Más preguntas que respuestas

Por Eduardo Aliverti

Fue una semana de aprontes antes del envión final hacia la meta, pero con más definiciones que las aparentes en medio de tanto enchastre con la supuesta campaña del miedo de unos, la plancha de otros y los cálculos, sobre todo en el oficialismo, de cómo enfocar a una táctica ganadora para la que no sirve ningún manual. Son, todas o casi, más opiniones que certezas.

En el rincón kirchnerista hay bandazos y no, claramente, un comando unificado. El gran diseño discursivo es sólido, respecto de haberse plantado en que hay dos modelos en disputa, pero las chicanas y réplicas muestran todavía el estado de shock y pase de facturas. La movida espontánea por abajo, en las calles, en las redes, en ambientes diversos, en la pelea voto a voto, asoma más fuerte que las señales salidas desde referentes y dirigencia mayor. El macrismo disfruta de la primavera, a simple vista continúa evitando cualquier definición categórica en torno de sus medidas puntuales de gobierno y, por cierto, no sufre frente interno por fuera de cómo prepararse para gestionar lo que no preveían y de cómo conformarán a los radicales -si es que van a conformarlos- en la repartija de unos pocos cargos. Para todo observador más atento, empero, sí que hubo enunciaciones concretas. Por tomar sólo dos, el economista Alfonso Prat Gay -quien sigue especulado como principal candidato de la alianza Cambiemos a ocupar la cartera del área- dijo que la devaluación del peso ya sucedió. 

Traducción: asentó el anuncio del propio Macri en cuanto a que no se puede esperar más y que la "liberación" del mercado cambiario será inmediata. Los medios opositores despacharon esos anuncios a segunda o tercera plana. Y Juan José Aranguren, ex directivo de Shell y responsable del área energética de Macri, indicó que incluso tienen en análisis si no reprivatizarían YPF y que el autoabastecimiento petrolero es un tema secundario. Tampoco figuró en lugares destacados de la prensa opositora. Ahora sí da la impresión de que el debate televisado, cara a cara, entre Scioli y Macri, puede tener un peso decisivo siendo una elección muy estrecha. Se supone que en un ámbito tan directo no quedará lugar para las escondidas. Si Scioli se prepara como es menester, tanto en contenidos como en la disposición anímica que exhibió en algunas de sus últimas intervenciones públicas, debería ganar ese debate gracias a mostrar y exigir ideas específicas. Contribuiría a allegarse voluntades del electorado massista, cuyas proporciones de intención final son el gran misterio del ballottage. Macri también puede prepararse como se debe, naturalmente. Tiene el hándicap y la desventaja simultáneos de cuando se llega en ganador.

viernes, 2 de octubre de 2015

La Política Online | Opinión

Una fórmula nacional y regional
Por Oscar González

Reconocida la centralidad política de la identidad peronista en nuestra sociedad, se ha logrado consolidar un extendido dispositivo colectivo al que aportan también otras tradiciones.

Lula Da Silva y Evo Morales, emblemáticos dirigentes de la izquierda latinoamericana, personajes curtidos en el liderazgo transformador de sus respectivos países, han coincidido en reivindicar la candidatura de Daniel Scioli a la presidencia de nuestro país.
Lejos de intervenir en los asuntos electorales argentinos, la simultánea afirmación de los dos importantes líderes de Brasil y Bolivia viene a resaltar la naturaleza estratégica que se le otorga en el área a la inminente renovación institucional entre nosotros.
Es que no hay forma de escindir los procesos de cambio y renovación política, social y cultural que se viven en Suramérica, de su correlato en cada una de las naciones del subcontinente. Se hace difícil imaginar un futuro que no sea común y causa vértigo la hipótesis de una restauración conservadora en cualquier de nuestras naciones.

La reconquista de la autodeterminación nacional no se ha logrado aisladamente sino en gran medida al amparo de una articulación política virtuosa entre países que, más allá de peculiaridades históricas e idiosincráticas -y por encima de intereses coyunturales- han logrado coincidir y dar señales de solidaridad recíproca como la de mantener vigente el pacto democrático que rige a los países del Mercosur en defensa del Estado de derecho.

En ese contexto regional la fórmula del Frente para la Victoria es, en lo nacional, la modalidad electoral de una vasta coalición de fuerzas sociales y políticas que, por primera vez en muchas décadas, ha podido coaligar detrás de un proyecto de vida social en común a un universo amplio y plural. Ese proceso incluye la quiebra de añejas dicotomías que en esencia sólo sirvieron para esterilizar las opciones políticas populares.

Hoy, reconocida la centralidad política de la identidad peronista en nuestra sociedad, se ha logrado consolidar un extendido dispositivo colectivo al que aportan también otras tradiciones: sectores del radicalismo y el socialismo de raigambre popular y de otras sensibilidades nacional-populares y de izquierda independiente.

Es ésta amplitud política y aquélla correspondencia regional las que preocupan a las minorías privilegiadas, externas e internas, cuyo vocero es la prensa corporativa que ataca la fórmula Scioli-Zannini, azuzando fantasmas y presagiando dificultades.

Esos editorialistas del establishment ignoran que la propuesta del FPV refleja el nivel de acumulación política y social que desde múltiples miradas sostiene el proyecto iniciado en 2003. No comprenden que su fortaleza y la relegitimación que sobrevendrá el 25 de octubre no es un producto imaginado desde el marketing político sino una conjunción material y simbólica donde conviven las diversas tradiciones políticas populares, unidas en el desafío concertado de consolidar la emancipación nacional y regional.

Publicado por La Política Online, el 1° de octubre 2015

viernes, 25 de septiembre de 2015

Opinión | Revista de Ciencias Sociales Universidad Nacional de Quilmes

Los andamios del golpismo

Oscar R. González
Secretario de Relaciones Parlamentarias de la Nación y ex diputado nacional del Partido Socialista. Texto de mayo de 2015.

Los historiadores del futuro quizás ubiquen el comienzo del siglo xxi en el año 2008 –del mismo modo que Eric Hobsbawm fijó el inicio del siglo xx en la Primera Guerra Mundial–, con el estallido del sistema financiero en Wall Street, que se expandió rápidamente a la economía mundial hasta impactar en la producción real de los países desarrollados y de las economías emergentes. Aunque esa no fue la primera crisis tras la segunda posguerra, fue la más grave. Después de la de 1987 en Estados Unidos se desencadenó una oleada en los países emergentes: la del Tequila en México en 1994-1995, la de los países del Sudeste Asiático y Japón en 1997, la de Rusia en 1998, la argentina de 1997, la de Brasil en 1998-1999 y otra vez la argentina en 2001, que fue también una crisis política. Algunos economistas han señalado la notable coincidencia de estas debacles financieras con el lanzamiento de agresivas campañas militares en Medio Oriente por parte de Washington, en una suerte de curioso keynesianismo militar.

La crisis que comenzó en Estados Unidos con el derrumbe de las hipotecas subprime en 2007 y eclosionó en Wall Street en 2008 aceleró y profundizó los procesos de destrucción de los estados sociales europeos, que en realidad ya había comenzado en las vísperas de los ochenta con Margaret Thatcher en Gran Bretaña y, ya en los ochenta en los Estados Unidos con Ronald Reagan. Al mismo tiempo, le dio visibilidad a una serie de cambios en el contexto económico y geopolítico mundial, ahora caracterizado por las crecientes dificultades de Estados Unidos para imponer su hegemonía a nivel planetario, la consolidación de China como potencia emergente y en disputa, la imposibilidad de Washington para consolidar equilibrios favorables en Medio Oriente y, más recientemente, por el intento de Rusia de afianzar un bloque eurasiático centrado en ella, más el antagonismo, puesto en primer plano por la crisis, entre el capital financiero y la gobernabilidad democrática, que es la forma que adopta hoy la confrontación entre capital y trabajo.

El modelo de acumulación capitalista impuesto a nivel planetario a partir de aquellos ochenta, que parecía inexpugnable pese a sus enormes costos sociales, tocó sus límites en el derrumbe que afectó la economía mundial treinta años después. La hegemonía del capital financiero, respaldada por el aplastante predominio militar y tecnológico de los Estados Unidos en medio de lo que se creía el fin de la bipolaridad, puso a Europa a las órdenes de Washington, no solo en los países gobernados por la derecha sino que produjo un proceso de vaciamiento ideológico y claudicación política en los partidos socialdemócratas y socialistas europeos, poseedores de una larga tradición reformista de generación y defensa de los derechos sociales y de las conquistas obreras. Estos partidos resultaron cómplices entusiastas de las reformas de mercado, colaborando con un panorama desolador a la hora de resistir la ola neoconservadora.

Al mismo tiempo, el belicismo estadounidense alineó a los países europeos –varios de ellos importantes fabricantes y proveedores de armamento a todas las facciones en pugna– en el intervencionismo militar en Medio Oriente y Asia. Pero fue en países de América Latina –asolados primero por dictaduras militares, luego por la crisis de deuda de los ochenta y, más tarde, por las feroces reformas promercado aplicadas en la Argentina, Brasil y México por sus respectivos gobiernos neoliberales– donde surgirían respuestas populares a la depredación financiera. Cada una con sus peculiaridades históricas, políticas y culturales, un conjunto de naciones puso en marcha procesos populares y democráticos con participación de masas que, de un modo u otro, confrontan fuertemente con los grandes grupos de poder y de presión locales e internacionales. Allí se dan cita la rapiña del capital especulativo local e internacional, la avidez de las grandes potencias –principalmente Estados Unidos pero también Europa– por los recursos naturales no renovables, y la enconada disputa económica, política, social e ideológica del modelo de acumulación rentístico-financiero con las aspiraciones democráticas, de vida y de trabajo de las mayorías populares.

La vieja contradicción entre el capital nacional, interesado en el desarrollo local independiente, y los monopolios internacionales de la industria y las finanzas, no tiene peso en las sociedades emergentes de las grandes transformaciones surgidas a partir de los ochenta. Es el caso de la Argentina donde, desde la dictadura cívico-militar en adelante, el proceso de transnacionalización de la industria ya no pudo revertirse de manera significativa. Hoy la gran industria está en manos de empresas extranjeras que tienen un fuerte componente financiero. Lo mismo sucede con las patronales agropecuarias, cuyas ganancias se reinvierten en la especulación inmobiliaria y en los fondos de inversión radicados en paraísos fiscales.

Hay elementos comunes en la manera y los medios con que se despliega el agresivo asedio a los gobiernos populares de América Latina, ya sea en Bolivia, Brasil, Ecuador, la Argentina o Venezuela. En primer lugar, el papel desempeñado por los conglomerados de prensa, que disponen de tecnologías de comunicación que les permiten alcanzar un lugar oligopólico de privilegio, a menudo excluyente, en la disputa política e ideológica. 
Los medios hegemónicos son hoy, en gran medida, la sociedad civil, hasta tal punto que han sustituido el papel de los partidos políticos como generadores de consensos y como productores de proyectos y programas. 

Los partidos tradicionales se han ido fragmentando al compás de este vaciamiento de discursos y utopías, relegados al papel de coro desafinado que replica las directivas emanadas del capital rentístico-financiero a través de diarios como Clarín y La Nación. Todos ellos son actores protagónicos de las operaciones de desgaste y desestabilización, mediante campañas sucias de mentiras y manipulación de la opinión pública, apoyadas en una enorme capacidad tecnológica de difusión.

Los grandes grupos como Clarín de la Argentina, Televisa de México y Rede O Globo de Brasil, son conglomerados empresarios con inversiones en las finanzas, la industria, la producción agropecuaria, la educación privada, la industria del entretenimiento, cuya asociación con fondos de inversión internacionales los integra al capital especulativo mundial.

Esta integración está en la base de la confluencia, en tiempo y lugar, de la ofensiva de los fondos buitre contra la Argentina; de los fallos judiciales de tribunales estadounidenses que apañaron esa ofensiva; de la indiferencia de la administración Obama frente al caso luego de un tibio apoyo inicial; de la interacción estrecha entre la derecha estadounidense –como el lobby gusano de Miami y el Tea Party–, los usureros y los halcones republicanos; de la complicidad abierta de esa gente con los grandes diarios argentinos y sus columnistas habituales; de sectores de la justicia donde se acumulan capas geológicas vinculadas a la última dictadura y a los grandes negocios de cualquier índole con jueces y fiscales que creen que la democracia es un exceso y debe ser vigilada y controlada. En fin, del coro integrado por todos ellos y los dirigentes del capital agrario, las finanzas, la gran industria y el comercio, clamando por un inmediato acatamiento a las demandas de los buitres ordenadas por el juez Thomas Griesa, como un primer paso del regreso al endeudamiento externo, la devaluación y los recortes presupuestarios. En cuanto a la oposición político-electoral, en ella se dan el brazo la derecha dura e insensible del pro, el neopejotismo que encabeza Massa, el social-liberalismo de los partidos que fugazmente integraron unen y el peronismo residual. La izquierda tradicional, como siempre y a diferencia de la izquierda de los setenta, se mantiene independiente: independiente de cualquier construcción política alternativa.

La visibilización de estas complicidades demostró el asombroso nivel de control planetario que ejerce el capital especulativo, que lejos de ser marginal, como creían algunos, integra el sistema financiero mundial junto a los grandes bancos de inversión de Estados Unidos, Europa y Japón. Las contradicciones manifiestas entre los fondos buitre y el FMI y otros organismos internacionales, por ejemplo, no son otra cosa que la pugna de esas instituciones por imponer alguna forma de regulación a la voracidad incontenible de aquellos, que amenazan destrozar cualquier negociación de deuda soberana de otros países. Lo que el FMI defiende, en última instancia, son los bancos poseedores de bonos de los países endeudados, que más temprano que tarde irán a una reestructuración de la deuda, como hoy lo está reclamando Grecia.

El sitio puesto a la gestión de Cristina Fernández por esta poderosa liga de intereses tuvo su último hito en la asombrosa patraña puesta en marcha por el finado fiscal Alberto Nisman, probablemente un instrumento más de la guerra de inteligencia que Estados Unidos e Israel libran en el tablero de Medio Oriente irradiándola a todo el mundo. La explosiva denuncia y, sobre todo, la aparición del fiscal sin vida fueron recibidas con alborozo por la prensa corporativa y muchos dirigentes opositores en el intento de erosionar el poder presidencial. Como en casos anteriores, en “la marcha de los fiscales” se movilizó una fracción de las capas medias en contra del gobierno. Ese sector, al igual que la clase alta, de buen nivel educativo pero módica formación política y culturalmente limitada, imaginó un cierre de círculo condenatorio: corrupción, indecencia, exacción a la propiedad y, el colmo, asesinato de un fiscal presto a fulminar al poder político.

Que el gobierno argentino haya resistido y superado semejante carga, luego de años de operaciones desgastantes, solo se explica por la capacidad de organización y la movilización crecidas al calor del conjunto de reformas sociales y de afianzamiento y consolidación de los derechos sociales, con particular énfasis en la política de memoria, verdad y justicia y de inclusión social de vastos sectores. Son conquistas que ganaron, especialmente, el corazón y la conciencia de millones de jóvenes, herederos de la tradición de lucha de las generaciones pasadas. 

Si los grandes grupos de poder, y con ellos el conjunto de la oposición, esperaban que la denuncia de Nisman, coronada por su sospechosa muerte, fuera la ofensiva final contra la presidenta y, sobre todo, que funcionara como una lección implacable para los candidatos que aspiran a sucederla, mostrando cuál es el límite de la democracia formal y de la autonomía política, la formidable respuesta popular del domingo 1 de marzo, cuando la primera mandataria inauguró el año parlamentario rodeada del apoyo de amplios sectores movilizados de la sociedad, demostró una vez más la vitalidad de un proyecto de cambios sociales, económicos y culturales que ha arraigado profundamente en la conciencia social. 





martes, 8 de septiembre de 2015

Letra P | Opinión

La reencarnación del Estado

Oscar González | Para Letra P
Secretario de Relaciones Parlamentarios del gobierno nacional.

A propósito de la conocida maroma discursiva de Mauricio Macri, que del fundamentalismo privatizador pasó a reivindicar las políticas públicas del gobierno, antagónicas con cualquier formato neoliberal, es oportuno decir que la reencarnación del líder amarillo actualiza una discusión que atraviesa los últimos años sobre el carácter del Estado que vienen construyendo los gobiernos populares suramericanos.

Curiosamente, el tema parece interesar más a los politólogos europeos que a los protagonistas y dirigentes del nuevo “populismo latinoamericano”, exceptuadas las oportunas reflexiones del vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, y del asesor presidencial brasileño Marco Aurelio García.

Pese a la marca diversidad de las experiencias y el desparejo nivel de consolidación de los proyectos, esos gobiernos ofrecen elementos comunes que guardan semejanza con los Estados de Bienestar que surgieron en la Europa de la segunda posguerra e incluso más con los “estados sociales periféricos”, como se llamó a los regímenes nacional populares como los de Perón en la Argentina, Lázaro Cárdenas en México y Getulio Vargas en Brasil.

Esos rasgos comunes radican en el decisivo papel del Estado en la planificación de la economía y la producción, en la participación de los trabajadores en la puja distributiva del ingreso vía sus organizaciones gremiales y en el papel del Estado como garante de los derechos sociales: acceso a la salud, la educación, la previsión social.

Los estados sociales europeos nacieron como respuesta a la “amenaza” comunista que encarnaba la entonces Unión Soviética y su emblemático carácter de nueva utopía emancipadora, que alentaba las luchas de trabajadores cuyas condiciones de vida nada tenían que ver con la prosperidad del capitalismo imperialista de la época. Ya hacia fines de la década del ’30, la crisis mundial había marcado el fracaso del Estado liberal clásico, con su absoluta libertad de mercado y las teorías librecambistas, dogma de las grandes potencias capitalistas.

Fue para entonces que John M. Keynes revolucionó la teoría económica dándole fundamento a las políticas de los estados sociales al asignarle un papel decisivo al gasto y la inversión públicos en la regulación de los ciclos de la economía. Lo explicitaran o no, los gobiernos populares de América fueron naturalmente keynesianos más que ninguna otra cosa, al dotar al Estado un rol primordial en la protección del mercado interno, las producciones locales y la distribución del ingreso.

Pero mientras en Europa, heredera del liberalismo político de la Revolución Francesa y la modernidad, el sujeto de la democracia era el ciudadano, y el uno sin la otra no podía concebirse, en América latina el sujeto fundamental fue el pueblo, ya se tratara del pueblo mestizo, blanco, negro o indígena.

De manera que al mismo tiempo que América latina acogía las ideas de Keynes, la lucha por la hegemonía dentro y fuera de los gobiernos populares le daba una vigencia palpitante a algunas cuestiones planteadas por Antonio Gramsci: ni el Estado era ya un dócil instrumento de las clases dominantes ni una herramienta sin contradicciones al servicio de las clases populares, sino el ámbito donde luchan las fuerzas que pugnan por profundizar la democracia y aquellas otras que resisten desde zonas irreductibles del propio Estado: desde las fuerzas armadas y de seguridad hasta la justicia y otras áreas del poder público, incluidos los estamentos burocráticos del aparato estatal, en especial los organismos encargados del control de la economía financiera. Nada ajeno a lo que sucede hoy en varios países.

Por otra parte, el pasado colonial y semicolonial de nuestras naciones, que fue sucedido en casi todos los casos por la dependencia económica de Inglaterra y Estados Unidos, le dio un elemento distintivo a los procesos populares latinoamericanos, ya que la depredación y el saqueo perpetrados por las grandes potencias y sus aliados locales estimularon un sentimiento antiimperialista, nacionalista y anti oligárquico que cimentó las bases del populismo latinoamericano.

Es lo que los enemigos del populismo llaman “la invención de un enemigo externo para cohesionar las masas” detrás de un líder. Lo mismo que critican hoy los economistas del establishment y políticos como Macri, cuando dicen, al referirse al enfrentamiento con los fondos buitres, que el gobierno inventa enemigos en lugar de mirar las culpas propias.

Notable ironía: mientras en Europa el neoliberalismo sigue predominando y mostrando su peor cara, con el sometimiento de la democracia al capitalismo financiero, en América latina el fracaso del fundamentalismo de mercado fue sucedido por los gobiernos “pos-neoliberales”, como se los denomina con poca imaginación y menos gracia. Más aún, hasta se da el lujo de atraer, aunque ellos lo hagan con fines electorales, a los representantes más fieles del mercado y la derecha política, como Capriles en Venezuela, Cardoso en Brasil y, ahora, Macri entre nosotros. Aunque este último no sepa bien qué es un estado social y despotrique porque los hospitales porteños atienden la demanda del conurbano y reciben pacientes de los países limítrofes.

Volviendo a la pregunta del comienzo, ¿estamos asistiendo al nacimiento de nuevas formas de estado social en América latina en general y en la Argentina en particular? La academia local se ha preguntado si el conjunto de políticas sociales aplicadas a partir de la asunción de Néstor Kirchner en 2003 constituyen una efectiva “construcción de ciudadanía”. La condición para que así sea estaría dada por el carácter universal y no focalizado de los programas sociales más importantes, por ejemplo la AUH. La respuesta no se encuentra tanto en el análisis de tal o cual ley ampliatoria de derechos, sino en el conjunto de políticas públicas aplicadas a lo largo de estos años, que han transformado progresivamente las condiciones de vida de la mayoría del pueblo, y no sólo de los más desfavorecidos.

Porque en el perfil del Estado que se fue configurando en esta década se integran los derechos laborales recuperados, las negociaciones paritarias —de fundamental importancia social y económica en cuanto a sus efectos en la producción y el consumo—, el derrame del crecimiento económico (ahora sí, verdadero) hacia los sectores medios y la ampliación de derechos ciudadanos hacia segmentos sociales postergados o discriminados. Todo ello hace a la construcción de un Estado social.

La eterna crítica, a veces bienintencionada y otras no, de que el populismo subordina las libertades individuales a la justicia social ya es muy difícil de sostener con datos objetivos, a menos de que se piense con doña Rosa María Juana Martínez Suárez, alias Mirtha Legrand, que estamos bajo una “dictadura”.

Las derechas se han empeñado en hallar rasgos autoritarios e invasivos de la propiedad privada frente a cada acción oficial en la que el gobierno pone en juego su autoridad política, esto es, cada vez que desde el ejecutivo se ejerce el mandato de la voluntad popular. Y lo ha hecho con una firmeza y decisión imperdonables para quienes desean el retorno al Estado sin ciudadanos de los ’90, cuando un gobierno podía cambiar la composición de la Corte Suprema para consolidar privatizaciones amañadas.

La contraposición entre libertad e igualdad no es algo que hoy defina los niveles de democracia vigentes; por el contrario, la democracia se ha ampliado y acrecentado a lo largo de estos años en la medida en que ha mejorado sustancialmente el modo en que viven, trabajan, estudian y aman las mayorías populares, es decir, las condiciones mismas en que los ciudadanos deciden sus propias opciones políticas y de vida.

Publicado por Letra P, el 7 de septiembre de 2015

jueves, 6 de agosto de 2015

Página 12 | Aniversario

Siete años

Por Oscar R. González *

Hoy 6 de agosto se cumplen siete años desde que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner me tomara juramento como secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno, en un acto en el Salón Blanco durante el cual también asumieron el subsecretario Gustavo López y el titular de los medios público, Tristán Bauer.

En la edición del día siguiente, La Nación publicaba una caricatura de Nik: una foto intervenida del momento en que yo extendía mi mano sobre la Constitución para responder a la demanda de la Presidenta que me comprometía “por la Patria” a cumplir mi tarea. “Sí, me inmolo”, me hacía decir el caricaturista estrella del matutino derechista, en lugar del tradicional “Sí, juro” que yo había afirmado en voz alta y con orgullo.

Lo que hoy evocamos sucedía apenas unos días después de uno de los episodios más desgraciados de la historia política argentina, la pérfida deserción de un vicepresidente de su obligada lealtad con el poder del Estado que la soberanía popular le había encomendado integrar y representar.

Porque ese día en la Rosada aún se respiraba la frustración que había causado el artero voto no positivo, comprendí inmediatamente que la determinación de la Presidenta de incorporar a dos militantes provenientes de canteras políticas diversas como el socialismo y el radicalismo, ambos en su versión democrática y popular, no era sino el modo de exorcizar la felonía y ratificar la vocación pluralista de la construcción política kirchnerista.

Tras ese comienzo lleno de significación política vinieron días, semanas, meses y años de trabajo y militancia que coincidieron con un periodo de la historia durante el que se produjeron los cambios más importantes en la vida social y cultural argentina, amanecieron nuevos derechos y emergieron todas las potencialidades que habían sido oprimidas por las prácticas egoístas del pasado neoliberal.

A siete años de aquél inicio, y contrariando la profecía del dibujante, siento que, lejos de inmolarme, mi compromiso de entonces, aquel “Sí, juro” del 6 de agosto de 2008, me concedió el privilegio de ser parte, desde mi propia identidad y tradición política, de una etapa clave de la historia nacional en que la Argentina, de la mano de Cristina Fernández de Kirchner, se transformó en un país más justo, más potente, más solidario.

*Militante del Socialismo para la Victoria-FPV. Secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno nacional.

Publicado por Página 12, El País, el sábado 8 de agosto de 2015


martes, 28 de abril de 2015

Letra P | Opinión

Honrar la lucha

Por Oscar González | Para Letra P
Secretario de Relaciones Parlamentarios del gobierno nacional.


Hace 50 años, moría en Buenos Aires Alfredo Palacios, histórico dirigente del socialismo argentino, parlamentario notable e impulsor del “Nuevo Derecho”, que vino a dar por tierra con la pretensión capitalista de mantener las relaciones laborales bajo la órbita del derecho civil, como si la explotación fuera un contrato entre libres e iguales sin otro límite que la voluntad de las partes.

Aunque esa pretensión ya era arcaica a comienzos del siglo 20 —tras medio siglo de luchas obreras y socialistas en todo el mundo, de la creación de la Primera y la Segunda Internacional y de la convocatoria regular, desde 1889, a un día de huelga universal en reclamo de la jornada de ocho horas y de legislación protectora del trabajo—, la tarea de Palacios fue todo menos sencilla.

A 110 años de que la “cuestión social” irrumpiera en el Congreso argentino con la elección de Palacios, el primer diputado socialista de América, cierto sector de la dirigencia empresaria actual y los ideólogos del programa económico de Mauricio Macri y algunos otros han comenzado a pregonar la derogación de las paritarias, que algunos de ellos han llegado a calificar como propias de un régimen fascista.

Cuando Palacios comenzó su formidable trabajo a favor de la sanción de las llamadas leyes obreras —en sintonía con un movimiento sindical que pugnaba por afirmarse y del Partido Socialista, fundado en 1896—, debió enfrentar la resistencia más enconada de los oligarcas, de los dueños de las fábricas y de sus representantes parlamentarios. Las argumentaciones iban desde los prejuicios más atávicos hasta las consideraciones económicas más ramplonas, disfrazadas de presunta racionalidad. Así, en un país donde la jornada se extendía de 10 a 14 horas todos los días del año, sin feriados ni vacaciones, la propuesta de establecer un descanso semanal equivalía a promover la holgazanería y el vicio entre los obreros y a decretar la desaparición de la industria.

El gran tribuno socialista logró la sanción de esa ley y de muchas otras que pusieron límite a la explotación capitalista y mejorar las condiciones de vida de los trabajadores; pero su trabajo político y social no se limitó a eso. Fue también un pionero en las luchas contra la trata de personas, a favor de la reforma universitaria, por la unidad de los pueblos latinoamericanos, contra el imperialismo y los monopolios que diezmaban al Estado y a las clases populares.

Su lucha política se vio coronada de importantes avances, pero conoció también los brutales retrocesos que se producían toda vez que la reacción civil y militar se apoderaba del gobierno. Por eso, no subestimó el debate ideológico, como aquel que protagonizó hacia fines de los 50 con Ludwig von Mises, que junto a Friedrich von Hayek y Milton Friedman fue uno predicadores del neoliberalismo contemporáneo.

La persistencia de ese debate, que Palacios libró a lo largo de su vida, y que emerge de manera más o menos cíclica en la Argentina de los siglos XX y XXI, muestra que, lejos de extinguirse, las ideologías mantienen plena vigencia, al igual que las contradicciones sociales. Los grandes burgueses —que no existen ya en los discursos, pero que los hay, los hay— adhieren al neoliberalismo porque éste consagra lo que en definitiva quieren, incorrecciones políticas al margen: fijar libremente los salarios más bajos posibles, sin sindicatos ni gobiernos que medien a favor de los trabajadores; extender la jornada laboral a tono con las necesidades de la producción; reducir los tiempos de descanso a lo mínimo indispensable; evadir impuestos, fugar divisas, y hostigar cualquier intervención estatal que empodere a los sectores subalternos o introduzca supuestas distorsiones, como les gusta llamarles, en los sacrosantos mercados.

En un año electoral donde confrontarán dos modelos, el de la profundización de las transformaciones impulsadas durante esta década frente al de retrotraer el país a los tiempos neoliberales, la figura de Palacios no sólo ilumina el itinerario de renovadas luchas para continuar mejorando las condiciones laborales y de vida de los trabajadores.. Ayuda también a clarificar de qué lado está cada uno. El gobierno nacional, que integramos, brinda su testimonio con las 48 nuevas leyes laborales que aprobó el Parlamento en los últimos años, mayoritariamente a iniciativa del Poder Ejecutivo que encabeza Cristina Fernández de Kirchner. Es nuestra manera de honrar a Palacios.

Publicado por Letra P, el 27 de abril de 2015

domingo, 19 de abril de 2015

Miradas al Sur | Eduardo Galeano

Un soñador empecinado

Por Oscar R. González. Secr. de Rel. Parlamentarias.


Cuando supe de la muerte de Eduardo Galeano, no me vinieron a la memoria los títulos de sus libros ni algunas de las originales, y célebres, afirmaciones que lo hicieron trascender al gran público, más allá de lo literario. Asomó una imagen que había quedado alojada en mi recuerdo desde una destemplada tarde de agosto de 1976, apenas unas horas antes de salir de la Argentina rumbo al largo exilio mexicano.
En plena Avenida del Libertador, tras despedirme con sigilo de un Eduardo Luis Duhalde clandestino y de sus minuciosas instrucciones sobre cómo colaborar desde el exterior con la denuncia sobre la violación a los derechos humanos que cometía la recién desembarcada dictadura cívico-militar, me topé con una cara conocida. Era Galeano, que bajo aquella recova me susurraba que él también estaba yéndose de una Argentina que se había tornado irrespirable.
Para muchos de nosotros, Galeano fue durante muchos años sinónimo de Las venas abiertas de América Latina. Para las generaciones que nos iniciamos en la militancia en los ’60 y ’70, esa obra era la confirmación de que la exacción imperialista tenía hondas raíces históricas y de que nuestras rebeliones habían comenzado varios siglos antes.
Su nombre estuvo asociado también a proyectos periodísticos culturales inteligentes y osados: la emblemática revista Crisis –que lo tuvo como director–, nacida en una primavera que duró menos de lo que esperábamos, y, al regreso de su exilio en España, el semanario Brecha, heredero del no menos mítico Marcha, en la Montevideo de sus afectos más entrañables.
Pero Galeano fue también un enunciador de sueños, que en su origen no podían ser sino la negación utópica de aquella historia y de ese presente. 
Por formación y convicción, el suyo era un socialismo humanista que depositaba su esperanza en la ruptura con un sentido común que legitima la humillación y el sometimiento como si formaran parte de la naturaleza de las cosas, en la consolidación de poder y autonomía popular frente a la prepotencia de los poderosos, en la construcción de sociedades más justas y más autónomas, más respetuosas con el ambiente, menos subyugadas por el productivismo capitalista. 
Fue, en ese sentido, un verdadero ideólogo de este nuevo siglo donde aquellos sueños alimentaron una nueva militancia que, a lo largo de todo el continente, apoyada en tradiciones distintas y bajo formas también diferentes, no se conformó ya con ser contestataria ni con ser sólo contrapunto retórico y se propuso construir en la vida real una historia diferente.
Galeano no fue ajeno a ese cambio sustancial. Desde sus dichos, sus escritos y su compromiso político fue parte inescindible de ese proceso que lo reconcilió con Latinoamérica y le confirmó que muchas de sus ensoñaciones –que algunos quizás interpretaban con simples ademanes literarios y alegorías voluntaristas– se iban a corporizar en un protagonismo popular que reabriría, como llegó a verlo, las grandes alamedas de la historia continental.

Publicado por Miradas al Sur, el 19 de abril de 2015

sábado, 28 de marzo de 2015

Página 12 | Opinión

Marginales

Por Oscar R. González*

No deja de ser curioso que mientras la derecha, los medios hegemónicos y los grandes empresarios proclaman la necesidad de dar vuelta la página de los derechos humanos y dejar atrás una época en que vivieron rabiosos, grupos minúsculos pretendan que esa política, central para el proyecto iniciado en 2003, sea una simple mascarada. Ese es el contexto en debe ubicarse la quema en efigie de Hebe de Bonafini durante un acto celebrado en La Plata por algunos grupos marginales que creyeron conmemorar así el 39 aniversario del golpe cívico-militar. 

Al parecer la quemazón no fue la ocurrencia de algún piromaníaco descolgado sino que fue concebida como un pronunciamiento político para impugnar algún aspecto de la gestión de un gobierno que ha hecho de la memoria, la verdad y la justicia una política central y , por el otro, la adhesión que esa misma política ha generado entre los organismos de derechos humanos, de los que Bonafini es nave insignia.

A contramano de lo previsible, esa izquierda apócrifa inventa tribunales inquisidores, más vehementes cuanto menores son su representatividad y gravitación y exhuma los ancestrales ritos purificadores del fuego. Por eso es inevitable asociar esta hoguera a las que levantaba la Santa Inquisición medieval para custodiar el recto pensamiento cristiano y perseguir a los herejes de todo tipo, comenzando por las mujeres que, acusadas de brujas y de connivencia con Satanás, eran incineradas en la pira. 

Lo penoso es que siglos después, estos módicos inquisidores vengan a emitir su absurda condena e intenten aplicarla a ese símbolo de lo mejor de nuestra historia, las madres de Plaza de Mayo, cuya acción fue la pieza fundamental en la que se basó la voluntad política de un gobierno que interpretó y retroalimentó las luchas populares por memoria, verdad y justicia. En ese formidable libro de nuestra gesta nacional, el penoso episodio de La Plata no es, siquiera, una nota marginal.

*Secretario de Relaciones Parlamentarias de la Nación. Militante de Socialistas para la Victoria.

Publicada por Página 12, El País, pág 11, el 28 de marzo de 2015

miércoles, 25 de marzo de 2015

Letra P | Opinión

Sombras que iluminan

Por Oscar R. González

Ahora que sobrevuela la región esa ventisca golpista que viene del Norte azotando uno y otro de nuestros países, conviene no olvidar aquel ominoso episodio de hace 39 años, cuando la reacción coaligada en todas sus formas, armadas y civiles, clericales y empresariales, arrojara el país a la ciénaga del despotismo para garantizar la renta del capitalismo despojando al trabajo y expropiando lo público.

Aquella irrupción corporativa que confiscó libertades y salarios, segó vidas y tradiciones, ejecutó militantes y conquistas laborales, lo hizo con la complicidad de un establishment alojado en los vastos pliegues de las instituciones del universo republicano que en lugar de defender la República se sumaron al desenfreno dictatorial.

Ello explica que muchos dirigentes políticos fueran intendentes, ministros y embajadores del régimen, que la burocracia sindical permaneciera intocada, que las asociaciones patronales se tornaran aún más desafiantes, que la jerarquía religiosa encubriera el crimen y que los magistrados omitieran juzgar los delitos.

Aquel entramado reaccionario debió deglutir disimuladamente en los 80 el regreso del Estado de Derecho y, después de usufructuar la salvajada neoliberal privatista que colapsó en el 2001, guarecerse de la inoportuna marea kirchnerista que a partir del 2003 vino a reanudar los lazos sociales, a relanzar la política y a rescatar la Nación del interés corporativo nacional y extranjero.

Hoy, aferrada a la virulenta prepotencia del partido de jueces sin juicio y fiscales sin escrúpulos, la derecha trasnochada mira nuevamente hacia el otro extremo del mapa y, en simultáneo, hacia la cumbre del bloque corporativo para hallar en ellos el influjo que le sirva para intentar regresar a aquel pasado que supo disfrutar mientras las fábricas cerraban, abrían las salas de tormentos y se desvanecían las voces del pueblo en el hondo silencio de la noche autoritaria.

Aquellas sombras son precisamente las que iluminan nuestro compromiso con este presente pleno de memoria, de verdad y de justicia.

Publicado por Letra P, el 24 de marzo de 2015

martes, 24 de febrero de 2015

Letra P

Lo que pasa

Por Oscar González

Una nueva escalada desestabilizadora azota la institucionalidad republicana, intentando erosionar al gobierno surgido de la soberanía popular y eventualmente impedir que ésta vuelva a manifestarse, como corresponde, al concluir el actual mandato constitucional.
Instrumento de poderes fácticos poderosos y conglomerados mediáticos influyentes, un sector de la corporación judicial se ha lanzado a un desesperado intento de corroer la arquitectura institucional argentina apuntando a su misma cúspide, el Poder Ejecutivo Nacional.
Convencidos de que las políticas públicas de inclusión social, autonomía nacional y unidad regional que han sostenido las dos últimas administraciones a partir de 2003 han logrado constituir un sólido consenso ciudadano que determinará la continuidad del actual esquema reformista a partir del próximo 10 de diciembre, los sectores privilegiados que resisten los cambios y ansían retrotraer se al pasado, han iniciado una embestida abierta.
Acusaciones infundadas, descalificaciones permanentes, hostigamiento continuo, manipulación informativa, son parte del amplio y oneroso dispositivo que intenta corroer la credibilidad de las legítimas autoridades de la Nación, desalentar la confianza pública en los mecanismos de la Constitución, confundir a la opinión pública y en definitiva generar ingobernabilidad.
Cautivo de cadenas de comunicación insidiosas y de operadores periodísticos desprejuiciados que envenenan la atmósfera informativa, el pueblo trabajador –porque hoy el pueblo tiene la posibilidad de trabajar-, el pequeño y mediano contribuyente –porque hoy este sector tiene capacidad contributiva-, el emprendedor comercial, industrial o de servicios –que hoy prospera gracias al impulso oficial a las actividades productivas-, en definitiva, los sectores dinámicos de la sociedad, son abrumados por la prédica desmotivadora de una aceitada red de piratería noticiosa.
Es la aplicación del moderno manual del golpismo, que no osa decir su nombre pero que se expresa en toda la región, sea en las insubordinaciones policiales de Ecuador, en las votaciones destituyentes de Honduras y Paraguay, en los instados conflictos étnicos en Bolivia, en las conspiraciones con respaldo extranjero en Venezuela y, quizás, hasta en los extraños accidentes aéreos que terminan oportunamente con la vida de candidatos no competitivos para habilitar otras alternativas con mayores chances.
En ese marco leemos la situación que se vive en este tramo del año donde se hicieron añicos todos los augurios catastróficos y ninguna de las supuestas condiciones sociales, económicas - y hasta energéticas y climáticas- que iban a desatar la furia popular tuvieron lugar, remplazadas por multitudinarios desplazamientos humanos, verdaderas migraciones masivas hacia los destinos turísticos donde lo esencial fue encontrar una plaza para alojarse, un pasaje de micro o avión, una mesa en el restaurante, una entrada para el teatro o un espacio para estacionar el vehículo.

Publicado por Letra P, el 24 de febrero de 2014

viernes, 13 de febrero de 2015

Página 12

Oposición excéntrica

Por Oscar R. González

La Constitución Nacional dedica una sección completa –Del Poder Legislativo– y cinco capítulos (Primero: De la Cámara de Diputados; Segundo: Del Senado; Tercero: Disposiciones Comunes a Ambas Cámaras, Cuarto: Atribuciones del Congreso, y Cinco: De la Formación y Sanción de las Leyes) para definir el rol de los legisladores en la arquitectura institucional argentina. Son 40 artículos, del 44 al 84, algunos de ellos de una extrema precisión, como el artículo 75, con sus 39 incisos.

Todos esos atributos, misiones y funciones, detalladamente expuestos en la Carta Magna, no son, sin embargo, suficientes para la oposición política al momento de tener que cumplir el cometido para el cual sus representantes fueron electos: legislar.

Contrariamente a su obligación, como sucede ahora, al momento de considerar la iniciativa de constitución de la Agencia Federal de Inteligencia, huyen del recinto, el lugar emblemático del debate legislativo; se niegan a opinar sobre el proyecto en discusión y, lo peor, bastardean la metodología republicana, contraponiendo a la sesión legislativa un mero acto de agitación excéntrico, fuera del hemiciclo, lejos de las bancas, sólo al amparo de los flashes mediáticos.

Aunque la actitud de esta oposición podría escandalizar en cualquier país, desgraciadamente en el nuestro contamos con el antecedente de los años parlamentarios 2010 y 2011 cuando, en ocasión del relativo éxito opositor en las elecciones de 2009, el llamado Grupo A logró el control del Congreso.

Evocar aquella etapa es traer a la memoria dos períodos de declinación del proceso de elaboración de las leyes donde el lugar central lo ocupó la puja entre las diversas facciones parlamentarias por apoderarse de cargos en comisiones y otros pliegues rentados del Poder Legislativo. Preocupa que algunos legisladores deserten irresponsablemente de sus funciones –del mismo modo que algunos fiscales lo hacen con las suyas reemplazando su misión de investigar por la de protestar– en momentos en que tras 30 años de estabilidad democrática todos los sectores debieran trabajar para la consolidación no sólo de la gobernabilidad, sino del perfeccionamiento del régimen democrático. A menos que ese objetivo no esté, precisamente, entre sus planes.

Publicado por Página 12, El País, pág. 5, el 13 de febrero de 2015


domingo, 18 de enero de 2015

Página 12

La embestida

Por Oscar González *

Aunque absurda y vergonzosa, la denuncia del fiscal Alberto Nisman no es sino una manifestación más de la brutal ofensiva que tiene por destinataria a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y que persigue destruir todo lo que ella representa y todo lo construido a lo largo de una década por dos gobiernos que plantaron la bandera de la autonomía de la política frente a los poderes corporativos, una afrenta imperdonable.

Nadie que conozca la historia argentina del siglo XX podrá sorprenderse por la agresividad de las diatribas: como ocurrió con Hipólito Yrigoyen, Juan Perón, Arturo Illia o Raúl Alfonsín, las denuncias de supuesta corrupción, de hipotética inoperancia, de imaginario avasallamiento de las instituciones, de teórico vaciamiento de la República, eran apenas la retórica que encubría la embestida contra gobiernos de raigambre popular para imponerles reglas de juego extrañas a la legitimidad democrática, pero funcionales a los intereses del capital concentrado, de los banqueros, de las embajadas extranjeras, de los especuladores financieros, de los terratenientes, de las multinacionales, de los sectores retardatarios de la jerarquía religiosa, de los altos mandos militares, de los propietarios de los grandes medios o, habitualmente, de todos ellos a la vez.

Hoy la historia se repite, aunque, parafraseando a Marx, si la farsa impusiera sus reglas, sobrevendría la tragedia. Algunos memoriosos recordarán que Roberto Dromi, ministro de Carlos Menem, justificó las privatizaciones porque el país se encontraba de rodillas frente a los acreedores. Por entonces, el Banco Mundial teorizaba que, en situaciones objetivas y subjetivas de debilidad y desprestigio de los gobiernos, las sociedades estaban más dispuestas a aceptar reformas promercado, que en otras circunstancias rechazarían. No hace falta recordar que el gobierno alfonsinista fue tumbado por un golpe de mercado y una estampida hiperinflacionaria que crearon las condiciones pregonadas por el Banco Mundial para la irrupción triunfal del neoliberalismo.

Sugestivamente, la expresión de Dromi fue retomada años más tarde por Alfonso Prat-Gay, que se convirtió a la causa “republicana” después de asesorar a Amalia Fortabat, trabajar para la banca Morgan y para el establishment financiero, incluso como presidente del BCRA. Ocupaba aún ese cargo cuando dijo en Nueva York, antes de asumir Néstor Kirchner, que el país había perdido la oportunidad de renegociar su deuda externa. El momento propicio era “cuando el país estaba de rodillas”, había asegurado entonces.

La vocación de tener hincado al gobierno es tan connatural al gran capital como su irrefrenable propensión a ganar lo máximo invirtiendo lo mínimo, en lo posible con dinero de otros. Así como en tiempos de la república oligárquica cuando los gerentes de las empresas inglesas eran diputados o ministros, hubo momentos en la historia posterior a la ley Sáenz Peña en que colonizaron por vía directa o indirecta las agencias más importantes del Estado. A veces, con sus propios representantes políticos o técnicos; otras, mediante la llamada condicionalidad impuesta en los acuerdos con el FMI o el Banco Mundial; en ocasiones, mediante el expediente, todavía más audaz, de colonizar a los propios partidos populares en condiciones de ejercer el gobierno.

La diatriba es así la más cabal expresión del odio y la indignación de una clase privilegiada que se considera destinada a conducir el país prescindiendo de las formalidades republicanas a las que acude literariamente para hacer precisamente lo contrario. Que busca legitimar sus posiciones con el socorrido así nos ven afuera, generalmente extraído de la prensa sajona de derecha, hostil a toda expresión que no comulgue con su manera de ver el mundo y siempre dispuesta a medir la respetabilidad de un país por la tasa de ganancia de las multinacionales y la disposición de sus gobernantes a rendirles pleitesía.

Aunque repetido, no deja de ser llamativo el encanto que ese discurso produce en cierto sector de clase media adicta al dólar, cautivada por una conjetural mano invisible que imaginan cercana y cálida, pero que cada tanto la deja desnuda, en la calle y a los gritos, a la espera de que nuevos populismos la rescaten de la miseria.

La furibunda campaña contra la Presidenta tiene así razones estructurales, simbólicas, culturales, pero también se alimenta de urgencias concretas. No es casual que la renovada ofensiva se produzca en coincidencia con la negativa del Gobierno a aceptar las condiciones extorsivas de los fondos buitre, la fuerza de tareas en la que la oposición desestabilizadora tenía depositada la misión de someter a la Argentina y obligarla a aceptar, otra vez, las exigencias del FMI y el regreso al endeudamiento.

Esa misma oposición mastica frustración y resentimiento por las encuestas que siguen mostrando el sólido respaldo a la Presidenta y la evidente posibilidad de que el proyecto político que ella encarna continúe desplegado tras las próximas elecciones.

Dicho de otra manera, cuando el “fin de ciclo” parecía garantizado, recupera viabilidad la alternativa tan temida. Todas las fichas estaban puestas en minar la credibilidad de la Presidenta, debilitar su natural liderazgo y preparar el clima político para la inevitabilidad del ajuste y un drástico cambio de rumbo. La tarea pendiente, casi accesoria, era seleccionar al candidato, prometerle una campaña protegida y pasar a cobrar por ventanilla el año próximo.

Para frustración de los conspiradores seriales, tan activos en estos días, la realidad va por otro lado: seguimos teniendo Presidenta, seguimos teniendo gobierno, seguimos teniendo pueblo. Es decir, tenemos patria.

* Dirigente del Socialismo para la Victoria, en el FPV. Secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno nacional.

Publicada por Página 12,  El País, pág. 6, el 19 de enero de 2015.


sábado, 6 de diciembre de 2014

Tiempo Argentino | Presupuesto Participativo en CABA

Protagonismo real y participación adulterada

Por Oscar González

El gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires divulgó recientemente los supuestos logros del programa BA Participación Ciudadana, una modalidad que al parecer intenta suplir la falta de cumplimiento del Presupuesto Participativo que la Constitución local insta a aplicar en el distrito.
Según la edición dominical de un diario de derecha, habrían sido parte del proceso 2640 vecinos de 15 comunas, que habrían participado de 30 reuniones y evaluado 103 iniciativas de obras en lugares públicos. De los 180 mil vecinos invitados a participar, habrían intervenido efectivamente apenas un 1,5 por ciento.
Según aquella pieza publicitaria presentada como noticia, las iniciativas consideradas podían ser votadas online y, como ejemplo simpático, se citaba el caso de dos personas de avanzada edad que se involucraban activamente en la recuperación de espacios de uso público mediante aquella moderna modalidad.
BA Participación Ciudadana constituye una verdadera adulteración del proceso de deliberación pública que implica el Presupuesto Participativo. Limita la intervención de los vecinos a emitir una simple opinión con respecto a la realización de alguna obra menor y deja de lado el momento colectivo para la toma de decisiones, la asamblea, para instaurar una votación virtual donde los ciudadanos jamás se congregan.
Contrariamente a esa malversación institucional, los avances del verdadero PP se mostraron recientemente en Gualeguaychú, Entre Ríos, donde se reunió el VII Encuentro Nacional de Presupuesto Participativo, que sesionó bajo la consigna "Redistribuir la riqueza. Ampliar la participación. Consolidar la democracia." Esta trilogía sintetiza los objetivos que persigue esa política pública, que propicia la aplicación de al menos una parte de los recursos públicos según la libre decisión de los vecinos reunidos en asambleas abiertas.
Esa herramienta de la democracia participativa surgió en 1989, en Porto Alegre, la capital de Rio Grande do Sul, Brasil, a iniciativa de la administración municipal del Partido de los Trabajadores, pero adquirió una gran relevancia durante la crisis de la hegemonía neoliberal, que se expresó en las protestas que inundaron las calles de Caracas, las plazas de Quito y las rutas bolivianas, y que asomó en las manifestaciones realizadas en Buenos Aires y otras ciudades argentinas, bajo la forma de asambleas y piquetes. Son las mismas protestas que hace poco protagonizaron los indignados en Madrid o los Wall Street Occupy en el centro simbólico del capital financiero.
En nuestro país, el presupuesto participativo es impulsado por el Programa Nacional de Presupuesto Participativo y la Red Argentina de Presupuesto Participativo, organización que agrupa a los municipios que llevan a cabo esta política. Dato no menor, esos gobiernos locales pertenecen a las más diversas inspiraciones políticas.

GUALEGUAYCHÚ. A modo de ejemplo, el municipio de Gualeguaychú, Entre Ríos, a cargo de Juan José Bahillo (FPV), aplica el presupuesto participativo desde 2012. En el último ciclo, afectó la suma de 1.680.000 pesos, participaron 1575 personas en las asambleas y fueron elegidos 118 proyectos, que ya se encuentran finalizados.

SANTO TOMÉ. Por su parte, el municipio de Santo Tomé, Santa Fe, gobernado por Fabián Palo Oliver (UCR), comenzó a emplearlo en 2010. El año pasado, le destinó 137.713 pesos a esta política, que involucró a 219 vecinos en las asambleas y a 389 en la votación de proyectos. Además, se sumaron adolescentes mediante el programa Presupuesto Participativo Joven.

VICENTE LÓPEZ. En Vicente López, Buenos Aires, municipio bonaerense liderado por Jorge Macri (PRO), el presupuesto participativo se implementa desde 2012. Con un 10% de la población de la Ciudad de Buenos Aires, la participación fue del triple de la mencionada en el programa porteño: 6691 vecinos eligieron 29 proyectos para ser ejecutados en 2013 y 63 en 2014.

Sólo en los tres distritos mencionados, participaron 8485 ciudadanos y ciudadanas. En comparación, los 2640 porteños que exhibe BA Participación Ciudadana son un pálido reflejo y de algún modo expresan qué idea acotada de democracia propicia el gobierno de la Ciudad.
Desde 2007 a la fecha, ha venido creciendo el número de municipios que aplican el presupuesto participativo, al punto que representan hoy al 28% de la población argentina. Rosario, Morón, La Plata, Paraná son sólo algunas de las localidades que aplican la herramienta. En cambio, los vecinos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, privilegiados ciudadanos que cuentan con una Constitución moderna que incorpora esa metodología democrática y participativa, permanecen paradójicamente excluidos, aunque con marketing se intente mostrar otra cosa.

Publicado por Tiempo Argentino, Opinión, tapa, pág 3 y pág. 28, el 6 de diciembre de 2014




martes, 28 de octubre de 2014

Opinión | Elecciones en Brasil y Uruguay

Ningún fin de ciclo

Oscar R. González*



Contra los deseos de las corporaciones y la prensa hegemónica, Dilma Rousseff seguirá gobernando Brasil hasta 2019 y la restauración neoliberal está tan lejos como antes, como lo demuestran también los resultados electorales en Uruguay y lo habían hecho ya los de Bolivia y Chile. En la Argentina, donde la derecha viene proclamando el fin de ciclo desde hace un lustro, una encuesta reciente viene a demostrar no sólo que el Frente para la Victoria es la fuerza política de mayor envergadura, sino que la Presidenta conserva una sólida imagen positiva, a prueba de bombardeos mediáticos y hostigamiento permanente.

Seguramente para sorpresa del diario que desde mediados del siglo 19 viene mirando desde arriba a la sociedad y al sistema político, ese sondeo confirma que los argentinos no pretenden volver al neoliberalismo ni a un Estado obediente del poder económico y que esperan del próximo gobierno “un cambio moderado”, no la tierra arrasada que algunos candidatos de la oposición venían ofreciendo sin darse cuenta de que estaban en offside.

Dilma, el PT y el pueblo brasileño —en particular los más pobres, ampliamente beneficiados por las políticas de inclusión inauguradas por Lula— libraron una desigual batalla contra el poder económico, los políticos neoliberales y la prensa hegemónica, que aquí como allá es, no sólo la articuladora de la oposición, sino la que le provee discurso, objetivos, cobertura y programa.

Por esa misma razón, ese mismo diario convirtió sus páginas en tribuna, ya no de doctrina, sino de la oposición brasileña, convencida de que la derrota de Dilma sería un escarmiento anticipado para el kirchnerismo. El presagio fue derrotado, como lo será el intento de barrer en 2015 con una década de fortalecimiento de la autonomía del Estado, de crecimiento económico apoyado en el mercado interno, el ingreso popular y el empleo, de independencia nacional frente a los organismos multilaterales y el capital financiero, de políticas de inclusión y desarrollo social y de recuperación del capital humano ligado a la ciencia y el conocimiento.

Los triunfos de Dilma, de Tabaré y el Frente Amplio en Uruguay, de Evo Morales en Bolivia y de Michelle Bachelet en Chile son una muestra plural de objetivos similares que recorren la región y la manifestación más palmaria de que no hay ni habrá fin de ciclo, restauración conservadora ni nada que se le parezca.

*Secretario de Relaciones Parlamentarias. Militante de Socialistas para la Victoria.

martes, 21 de octubre de 2014

Letra P | Opinión

Compatriotas

Por Oscar González

El candidato derechista a la presidencia uruguaya, Luis Lacalle, en un típico discurso provocador de campaña, agitando fantasmas, acusa a algunos integrantes del kirchnerismo de ser parte de “un operativo” facilitador para que los ciudadanos orientales que viven en nuestro país puedan cumplir sus obligaciones cívicas en la próxima contienda electoral del país hermano.

Da la impresión de que para los neoliberales del otro lado del río, conceder un asueto para que los empleados públicos de ese origen puedan concurrir a votar o prestar un local partidario  para que los residentes aquí puedan organizar su viaje al lugar de los comicios, son algo así  como flagrantes delitos de lesa intervención en los asuntos intestinos de otra nación.

Frente a ello les decimos que, al menos los socialistas, mantenemos con los compañeros uruguayos un lazo muy añejo  que tiene al  menos 104 años de existencia: fue en Montevideo donde deliberó el congreso socialista argentino de 1910, cuando la oligarquía impuso aquí el estado de sitio y, para sortearlo,  los delegados debieron atravesar el río de la Plata para sesionar en aquella capital. De allí en más fueron múltiples los episodios -dictaduras, crisis, exilios- que soldaron en una sola pieza nuestro destino común, horizonte que creció cualitativamente al manifestarse como construcción colectiva regional.

Quizás el candidato  que no confía en el Mercosur y  la Unasur y prefiere subordinarse a la lógica imperial del mercado supuestamente libre,  tenga la ilusión de impedir la solidaridad con nuestros compañeros de ideales, llámense Pepe Mujica, Tabaré Vázquez o Raúl Sendic.

Ignora que tanto a  ellos, como a Lula y Dilma Rousseff en Brasil;  Evo Morales y Alvaro García Linera en Bolivia; Rafael Correa en Ecuador, y así en el resto del subcontinente, los vamos a apoyar siempre. Porque desde Simón Bolívar a Néstor Kirchner, pasando por Manuel Ugarte, José Ingenieros y Alfredo Palacios, los consideramos compatriotas de esa gran nación común que es la Patria Grande.

Publicado por Letra P,  el 21 de octubre de 2014