miércoles, 25 de junio de 2014

Letra P

La ley del garrote

Por Oscar González

El litigio entre la Argentina y los fondos buitre en los tribunales estadounidenses muestra que, una vez más, estamos castigados. Nuestro crimen ha sido mantener una política de desvinculación del poder financiero internacional, liderar el rechazo al ALCA y la construcción de un poder regional, aún en curso, que puede ampliarse con los llamados BRICS.

Para los amos del mundo, es sencillamente intolerable que la Argentina haya reestructurado su deuda con semejante quita, que haya recuperado empresas públicas y su sistema previsional y que su Presidenta haya alzado enérgicamente su voz para enrostrarles a los países ricos la asimetría que imponen en sus intercambios con las economías en desarrollo.

Otros advierten sobre una disputa por los recursos naturales del planeta, a los que el poder económico concentrado considera de acceso exclusivo cualquiera sea su localización. El presidente uruguayo, Pepe Mujica, ha dicho que el descubrimiento de los yacimientos de shale ha despertado la codicia de los poderosos, como ocurrió ya con la selva amazónica o, de manera no declarada, con el acuífero Guaraní, la reserva subterránea de agua dulce más grande del mundo.

Intereses e ideología se abrazan así en esta ofensiva del capital financiero contra las rebeldías que asoman en todas las latitudes. Matices aparte, El País de Madrid, Financial Times, The Economist y The Wall Street Journal resumen en una sola palabra, populismo, el objeto de su odio y su irrefrenable deseo de venganza. En tanto, los medios hegemónicos locales, liderados por Clarín y La Nación, se regocijan reproduciendo esos editoriales para validar su propia prédica: “¿Vieron? Lo dice la prensa seria del mundo”.

Semejante unanimidad contra la Argentina no puede sino responder al propósito de que el mundo sepa que nadie que desafíe al capital financiero saldrá indemne de su osadía. Pero además, el juez Thomas Griesa expresa la tradicional política del garrote con que los Estados Unidos han sostenido sus políticas imperiales.

Desde 1823, cuando la doctrina Monroe declaró que América Latina era parte de la “esfera de influencia” estadounidense, se han sucedido más de 40 intervenciones militares directas en países de la región —comenzando por México, al que le arrebató en 1846 la mitad de su territorio—, además de operaciones como las que contribuyeron al triunfo de golpes de Estado en la Guatemala de Jacobo Árbenz (1954), el Santo Domingo de Juan Bosch (1965), el Chile de Salvador Allende (1973) o la Granada de Maurice Bishop (1979).

Ciertamente, las condiciones de hoy no son iguales a las del siglo pasado, cuando el gobierno norteamericano ignoraba olímpicamente la cuestión democrática y abogaba directamente por las dictaduras militares. Sucedió que éstas no pudieron garantizar una gobernabilidad al gusto de Washington y diversos cambios mundiales dieron paso a democracias más o menos condicionadas por los grandes grupos de poder, ahora representados por enormes conglomerados de la comunicación. Pero todo indica que la política del gran garrote no se ha discontinuado, aunque por ahora se orienta hacia otros rumbos del planeta. En este marco, los fallos de la justicia estadounidense  muestran claramente que, aun cuando haya fracasado como propuesta de ordenamiento del capitalismo global, el neoliberalismo no duda en recurrir a la extorsión para sostener a cualquier costo su hegemonía.

Desde esta orilla, es preciso seguir trabajando por una construcción global que reúna en una sola voz y múltiples acciones a todos los descontentos y a todas las rebeldías contra una modalidad política, económica y cultural que destruye la vida de los hombres, de la naturaleza.

Publicado por Letra P, el 25 de junio de 2014.

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