miércoles, 29 de mayo de 2013

Tiempo Argentino

Aquella canallada parlamentaria
 
Oscar R. González | Dirigente de la Confederación Socialista Argentina

Hace un siglo Enrique Del Valle Iberlucea triunfaba en las elecciones para senador realizadas en la Ciudad de Buenos Aires con unos 42 mil votos, frente a 30 mil sufragios radicales y otros tantos conservadores. Se convertía así en el primer senador socialista de América e iniciaba una brillante tarea parlamentaria que se vería interrumpida en 1921, con el desafuero votado por los mismos que no le perdonaron aquel triunfo y, sobre todo, sus ideas de avanzada.
El arribo de Del Valle a la Cámara Alta no era un episodio aislado. Tras el temprano ingreso de Alfredo Palacios como diputado nacional, en 1904 –lo que obligó al Congreso a involucrarse de lleno en el debate de la "cuestión social"–, la vigencia de la ley Sáenz Peña abrió paso a un fuerte protagonismo electoral de los socialistas porteños: en 1912 se incorporan Juan B. Justo y el mismo Palacios a la Cámara de Diputados y esa representación se extiende al año siguiente con la llegada de Nicolás Repetto y Mario Bravo. A lo largo de esa segunda década, los votos del Partido Socialista oscilarán entre 35% y 40% del total.
La sesión en que debía asumir Del Valle Iberlucea fue un símbolo de las resistencias que debió enfrentar y el presagio de la conspiración que, ocho años después, le arrebataría la banca. El senador radical José Camilo Crotto –que luego fuera gobernador bonaerense, dirigente de la Sociedad Rural y referente del antipersonalismo–  impugnó, por razones ideológicas y chauvinistas, el diploma del socialista, que le respondió de manera fundamentada, brillante y, por momentos, mordaz.
Crotto, como quienes votarían el desafuero en 1921, apeló a las convicciones socialistas e internacionalistas de Del Valle Iberlucea y al hecho de que el nuevo legislador había nacido en España, para reclamar que no debía permitirse su ingreso al Senado. Pero fue más lejos. Aunque no cuestionó la validez aritmética del triunfo, lo atribuyó a una imaginaria confabulación de extranjeros apátridas y políticos conservadores para impedir el avance del radicalismo. Para fundamentarlo exhumó un debate teórico planteado por la Revista Socialista Internacional, dirigida por Del Valle Iberlucea y Alicia Moreau, acerca de la relación entre patria y socialismo, un debate por entonces a la orden del día. Y retomó los argumentos sobre la elección de 1913 de una circular de la UCR, donde se leía: "Es éste el resultado de una siniestra conjuración tramada por el régimen imperante en el país, que en la imposibilidad de realizar aquí los fraudes y las agresiones puestas en juego en el interior de la República, no ha vacilado en prestar su concurso a una secta, compuesta en su mayor parte de extranjeros sistemáticamente enemigos de todo bien común", extranjeros a los que calificaba como "rezagos morales que expulsa de su seno la civilización europea, que empedernidos en sus odios los vuelcan sobre nosotros".
Nacido en Santander en 1877, Del Valle llegó a la Argentina en 1885. Doctorado en jurisprudencia con diploma de honor en 1901, ingresó al Partido Socialista en 1902 y produjo una vasta obra jurídica e histórica. Representante del ala izquierda del socialismo, enfatizó en la necesidad de encontrar un camino propio que interpretara y diera respuesta a las condiciones y necesidades de los trabajadores argentinos.
Desde su incorporación al Senado, lo que que alarmó a quienes creían que ése debía seguir siendo reducto del patriciado oligárquico y de quienes representaban los intereses de las empresas británicas, defendió con energía y elocuencia las causas populares. Así, propuso la derogación de las leyes de Residencia y Defensa Social, que permitían expulsar del país a los militantes obreros, y de la pena de muerte. Presentó proyectos que establecían la jornada de ocho horas para todos los establecimientos industriales y la reglamentación del trabajo a domicilio, plasmada en la ley 10.505. Impulsó una reforma constitucional destinada a democratizar el sistema electoral y la integración del Senado y manifestó especial preocupación por la situación laboral y civil de la mujer en iniciativas acompañadas por el entonces incipiente movimiento feminista. En 1920, postuló la creación de un organismo que canalizaba la participación de los trabajadores en el control de las industrias y los servicios, al modo de consejos obreros.
Semejantes transgresiones no serían perdonadas. Eran tiempos en que el triunfo de la Revolución Rusa suscitaba terror entre la clase dominante y encendidos debates en el movimiento socialista. Del Valle adhirió muy tempranamente a sus postulados y encarnó la posición de los terceristas, que proponían el ingreso del Partido Socialista a la Internacional bolchevique que encabezaba Lenin.
 La cuestión fue planteada en el congreso socialista de 1921, realizado en Bahía Blanca, donde los terceristas fueron derrotados; pero la argumentación de Del Valle, que no obstante su derrota permaneció en las filas partidarias, le sirvió a un juez federal de esa ciudad, Emilio Marenco, para reclamar al Senado su desafuero, impulsar la anulación de su carta de ciudadanía y pretender su expulsión del país.
En julio de 1921, radicales y conservadores se vengarían del molesto compañero de recinto al que difamaban llamándolo "senador sovietista".
Del Valle Iberlucea defendió con valentía y decisión su pensamiento y recordó a los radicales sus alzamientos armados para defender la limpieza de los comicios. Se permitió, incluso, la ironía contra quien sostenía que la mera adhesión a esos principios merecía la cárcel. "El señor Senador tendrá que presentar a este cuerpo (…) un proyecto creando campamentos de concentración, como se ha hecho en Hungría, para encerrar en ellos a todos los partidarios de la Tercera Internacional", dijo.
"¿Es un delito, señor presidente, es un crimen, señores senadores, afirmar que nosotros, inspirándonos en esta doctrina socialista, queremos, no el sistema egoísta, que trae la anarquía en las relaciones sociales, sino el sistema altruista de la cooperación entre los individuos?", se preguntaba. Y respondía: "No es un crimen querer transformar las condiciones básicas de la sociedad capitalista; no es una falta, no es un delito, querer reemplazar el régimen de la propiedad privada por el sistema de la propiedad común".
Recordó que, cuando aprobó su diploma en 1913, el Senado conocía sus ideas y exclamó: "Ningún miembro del partido Socialista afirmará nunca que renuncia a los postulados contenidos en la declaración de principios del partido porque ello constituye la base esencial del partido político de los trabajadores; el programa mínimo y la plataforma electoral, son los postulados inmediatos que el partido sostiene, porque comprende que la realización de las reformas sirve para preparar la fuerza del proletariado, que llevará a cabo esa revolución, consistente en la transformación de las relaciones de la propiedad y en la conquista de los poderes públicos por la clase trabajadora".
Su alegato fue inútil: 17 senadores radicales y conservadores, cuyos nombres hoy nadie recuerda, votaron su desafuero protagonizando una verdadera afrenta a la historia parlamentaria argentina; sólo 5, entre ellos el ilustre Joaquín V. González, lo hicieron en contra. El primer senador socialista de América cerró su defensa con un discurso contundente: "Como hombres de lucha y de combate, no tememos los peligros ni las amenazas." Y les espetó a quienes lo demonizaban: "En vano busco entre vosotros jueces, pues solo encuentro acusadores." Valle Iberlucea moriría apenas un mes y medio después, el 30 de agosto de 1921, a los 44 años, frustrando así, dramáticamente, la canallada reaccionaria de quitarle al pueblo esa banca.
 
Publicado por Tiempo Argentino, Editorial, pág. 19, el 29 de mayo de 2013.  

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